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dimarts, 1 de desembre del 2009

Un virus llamado pena...

Alerta a todos los lectores de este blog. Si estaban preocupados por la gripe A, si se sentían perseguidos por las bacterias típicas de los cambios de tiempo o si un resfriado les ha dejado mermados durante un tiempo, no sufran más. Sois afortunados, no padecéis el maligno virus de la pena. Y es que en los tiempos que corren, y por zonas geográficas no muy alejadas, esta mutación extraña ataca a las personas y convierte su vida en un calvario, entorno a elementos ajenos de difícil control. Yo mañana mismo iré al CAP más cercano a vacunarme, porque tras verlo de cerca y entender la dureza de sus consecuencias, no quiero ni por asomo que me toque a mi. Si alguna vez, alguien os da pena, ir de urgencia al médico y comentarle lo sucedido. Como dice Sabina, seguramente os recete "pastillas para no soñar".

La pena, es un virus que ataca directamente al "sistema orgulloso", siendo así una enfermedad auto inmune. Destruye por dentro y sonríe por fuera. Sólo se puede reconocer cuando alguien sonríe más que tú. Los motivos son siempre los mismos: miedo, sentimiento del fracaso o no poder estar a la altura. Es en ese momento, cuando se puede empezar a tratar. Pero antes de ese punto, existe un periodo de incubación. Os escribiré alguno de los síntomas más comunes:

La pena puede plasmarse en forma de repentinas aficiones y afecciones por temas variados, siempre bajo los cánones del entorno más próximo. La pena te hace crear un personaje nuevo en función de los intereses, llegando a verte irreconocible ante un espejo. Puedes convertirte en un ferviente amante de otro continente, otra lengua, otro género literario u otras enfermedades.
La pena convierte a quienes la padecen en la salsa de todos los guisos.
La pena te hace hablar mal del prójimo, del rival principalmente, y lo que es peor, te hace creer que ella también tiene la pena. Te hace sentir inferior, pero a la vez, proclama tu aplastante supremacía. Te hace cambiar la cara cuando te hablan de terceras personas, pero te ayuda a proclamar que no te importa. Te convierte en un ser egocéntrico, creyéndote el eje principal de los demás.
La pena no actúa como mera pena, sino que se plasma en forma de desquites y arrogancia, faltas de educación, cordura,... que sumado a una edad que no invite al esoterismo, puede transformarte en un ser de lo más mundano. Pero no te preocupes, cuando alguien te pregunte, con expresar tu pena, quedas como un héroe.

Por otra parte, la pena tiene su lado positivo. Tal vez el día de mañana, se abra un periodo para la canonización de aquellos que la padecen. Tal vez, el cielo lo tengan asegurado y muy probablemente, uno de estos años, el Nobel de la Paz, recaiga sobre algún "infectado".

Esta noche, vuelvo del médico sorprendido por el diagnóstico pero con una sonrisa aún más grande. Una enorme sensación de triunfo me evade.

Buenas noches y buena suerte.