Descubrir aquello que no sale en las guías es una de mis obsesiones cuando visito alguna ciudad. Previo desplazamiento a la ciudad, me hago con una guía del lugar en cuestión, la leo, me empapo de todo lo que se explica, y posteriormente complemento y amplio en aquello que más me interesa. Lo que más me gusta es descubrir blogs y demás páginas que hablan de rutas alternativas, de lugares recónditos, de espacios no abiertos al turismo en masa, sino descubiertos por algún alma aventurera, por un autóctono o en su defecto, un turista tradicional que topó por fortuna con aquel lugar. En este viaje no fue para menos. La Alhambra, la Catedral, el legado nazarí, el zirí, el bereber y el del reino de los reyes católicos, era conocido por todos. Más allá la sinuosidad del Albaycín y las zambras flamencas del Sacromonte. Pero personalmente sobre este último barrio algo me llamaba mucho la atención.El Sacromonte es el barrio en el que los gitanos se establecieron al llegar a la ciudad. Para protegerse y esconderse en los periodos no propicios para ellos construyeron escavando en la montaña unas cuevas, más bien grutas, que dotaban de una virginidad a la montaña que enmarcaba el blanco barrio del Albaycín. En esas cuevas, hoy en día, se ha creado el “complejo turístico del Flamenco”, convirtiéndolas en zambras, decoradas con elementos, fotografías y instrumentos de este género musical tan particular. Pero existen aún unas cuantas cuevas, que están habitadas, unas legales y otras no.
Decidimos (bueno, decidí) ir a conocer aquellos espacios y a aquella gente. Comenzamos a escalar la montaña por senderos sinuosos y estrechos, poco preparados para el turismo. A medida que subíamos, la maleza iba comiéndose el camino. En un cierto momento nos cruzamos con un señor que era perseguido por un joven. El señor, con vestimenta muy impropia para tal excursión se paró cerca de nosotros, por la insistencia del joven hippie. Este último le preguntó que hacía por la zona haciendo fotos. El señor un poco acojonado, se identificó como un turista intrépido que quería conocer aquel bello paraje. Parece que le convenció y el hippie le explicó que estaban preocupados porque el ayuntamiento quería echarlos de allí para construir casas con piscina. Acabó invitando al extraño turista a visitar su cueva. Este rechazó y yo vi mi oportunidad. Accedió muy amable, pegó un grito a su compañero, le avisó de nuestra visita y nos mostró el camino. Andrea no estaba muy convencida. El camino ya no existía, era una senda de malas hierbas aplastadas que marcaban tímidamente el lugar por donde pasar. Alrededor, restos de trastos viejos, perros feos y una vista a la Alhambra extraordinaria. El hippie nos alcanzó ya que nos equivocamos en el camino y nos condujo hasta su casa. A medida que seguíamos Andrea me intentaba convencer de lo peligroso de aquello pero yo era incapaz de notarlo, creo en la bondad de la gente y me apetecía mucho conocer ese estilo de vida tan mundano. Aún así, algo me convenció y mientras caminábamos me desprendí del reloj y la cámara de fotos y los escondí.
Al fin llegamos a la cueva, en la puerta esperaba otro chico, amable y educado a más no poder. Era increíble, primero las vistas y después la entrada. Nos dispusimos a entrar cuando de repente apareció ella. Ella merece mención aparte. Era una chica de unos 35 años, con el pelo canoso, con unos cinco dientes que luchaban por ver cuál era el más negro y más picado, los ojos casi imperceptibles solo tenían un color; el rojo. Su boca estaba enmarcada por una perilla no muy poblada, eso sí, dibujaba una sonrisa perpetua y sonora. Para que nos entendamos, una yonki de las que dan respeto. Supe que no iban a hacernos nada, pero reconozco que aquel espécimen daba algo de miedo. La primera pregunta fue de geografía. Somos catalanes contestamos, ella se dedicó a adjetivarnos: tacaños. Después nos ofreció marihuana, nos explicó que le gustaba fumar Marlboro de ese (como ella decía) y nos volvió a ofrecer marihuana. Con esa encefalografía ronca en forma de risa presumía de tener la mejor de Granada. Después se pasaba la manga por la boca para reducir los restos de saliva. Andrea me miraba con cara de “maldito desgraciado, donde me has metido”. Sus Bikkemberg y su linda vestimenta no rimaban con el aire que allí se respiraba y aunque en el momento no aceptaba su postura, a posteriori entendí los temores.
Me enseñó la cueva con sus 3 habitaciones y el espacio intermedio de reunión, mientras me ofrecía marihuana (sí, otra vez). Olía a humedad de manera exagerada, el lluvioso año que vivimos estaba pasando factura a aquellas blancas paredes, y el moho pedía a gritos una mano de pintura. El espacio de todas formas era espectacular; una cocina dotada con casi todo, una habitación con un cama de 2 metros, el cuarto de los trastos y organizando todo, 3 sillas que miraban a la Alhambra. Como diría Bisbal, absolutamente increíble.
Tras descubrir cada rincón charlamos un rato más. Nos preguntaron si estudiábamos o trabajábamos. Improvisé una personalidad nueva. Con anterioridad habían estado hablando de los urbanistas y políticos de manera muy despectiva, con frases como “si se atreven a venir por aquí, los mato” acompañados de adjetivos varios de lo más despectivos. Creí que explicar que trabajo en el Ayuntamiento de Barcelona en el departamento de urbanismo no era buena idea, así que me convertí en estudiante de económicas y Andrea de derecho. Ahí fue donde empezó la lluvia de preguntas. “Tú que estudias derecho, ¿crees que tenéis derecho a poder ir así vestidos y nosotros no? ¿crees que hay derecho a que no nos respeten nuestra casa? ¿hay derecho a que unos coman y otros no?...” Salí al paso dándoles la razón, y diciendo aquello que querían oír.
Cuando decidimos partir, la yonki, dijo que podíamos darle 5 o 10 euros por la visita, uno de los hippies la corrigió pidiendo la voluntad y el tercero, nos dijo que no hacía falta nada, que no nos preocupáramos. Por evitar problemas les dimos 10 euros, y el educado de ellos intentó que no fuera así, pero la yonki se apoderó del billete y decidimos no entrar en discusiones, así que “el majo” se levantó y nos obsequió con unas postales de la ciudad como recuerdo. El tercero en discordia nos invitó a tomar una copa de vino con ellos. Ante tal ofrenda, Andrea me dio un golpe disimuladamente que quería decir “como se te ocurra decir que sí, te mato”. Así que nos fuimos, aunque antes cordialmente la yonki nos volvió a ofrecer marihuana, una ruta hasta una fuente y un lugar donde querernos. Nos desprendimos velozmente de ella.
